¿Qué carajo es el "correismo"?

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Es pertinente advertir que la aproximación propuesta sobre el “correísmo” como una naciente categoría política, es solo eso: una aproximación. No es pretensión de este ensayo agotar la descripción de un fenómeno sumamente complejo que ha transitado por distintas etapas y en cuyo desarrollo interactúan una multiplicidad de variables.

Seguramente resulta más fácil disertar sobre el “anticorreísmo”, lugar donde se ubican los detractores del gobierno anterior; acaso el eje desde donde se articula- casi totalmente- el juego político en el Ecuador actual, aún luego de transcurridos dos años desde la culminación del mandato del presidente Rafael Correa. En cualquier caso, a partir de la dicotomía “correísmo-anticorreísmo” tan caracterizada por analistas, políticos, periodistas, académicos y sociedad civil en general, se concluye sin dificultad que asistimos al nacimiento de un clivaje vigoroso que encarna viejas confrontaciones ideológicas- pero también culturales y hasta conflictos sociológicos- y que está, muy a pesar de la animadversión de los críticos de la Revolución Ciudadana, muy lejos de extinguirse; lo contrario, diríamos que sin proponérselo, es el sector “anticorreísta” el más entusiasta promotor de la hegemonía discursiva de su “adversario”- que es mucho más que una sola persona-, por aquello que teoriza magistralmente el lingüista Lakoff en su obra ¡No pienses en un elefante! (a ver si lo intentas…).

Introducción

No es posible comprender el actual panorama político de Ecuador sin fijar como punto de partida el 2006, año del triunfo electoral del movimiento político Alianza PAIS, comandado entonces por el economista guayaquileño, Rafael Correa Delgado. La presidencia de Correa supuso el rompimiento de las viejas estructuras de poder con los hilos de la política, la economía e, incluso, del aparato mediático. La denominada “Revolución Ciudadana”, cimentada sobre principios de izquierda, con vocación antiimperialista y en sintonía con los planes de integración de inspiración bolivariana, logró convertirse al cabo de una década en el proyecto de gobierno más exitoso desde la vuelta a la democracia. Sus 14 victorias en las urnas trajeron un periodo de estabilidad democrática e institucional sin precedentes; circunstancia que hasta antes del 2007 parecía una empresa inalcanzable en el país de la mitad del mundo. Este y otros factores que serán desarrollados a continuación contribuirán decididamente en la formación de un fenómeno político con escasos antecedentes en la historia republicana del Ecuador. El llamado “correísmo” deviene en un clivaje parido tras la crisis de representación que acusó el viejo sistema de partidos. Su irrupción en el juego democrático se instala como una respuesta al establishment y sigue siendo hasta la fecha el elemento con mayor capacidad de polarización en la sociedad ecuatoriana.

Crisis de representación

Antes del correísmo, la democracia ecuatoriana se caracterizó por sus altos niveles de inestabilidad: presidentes incapaces de concluir con el mandato para el que fueron elegidos. La debilidad del sistema de partidos, por un lado; más la marcada incidencia de poderes fácticos- empresarios, militares y medios de comunicación- en la vida política del país, fueron factores que condicionaron permanentemente las ambiciones presidenciales y mellaron el ideal de gobernabilidad.

El complejo periodo que atravesó el Ecuador desde el trance neoliberal de finales del siglo XX y comienzos del siglo XXI fue consecuencia directa de la crisis de representación (Andrade: 2005). La relación existente entre la partidocracia y los gobiernos de turno posibilitó la adopción de políticas neoliberales que aumentaron la brecha de desigualdad y con ello la pauperización de los ciudadanos. Movida bajo una dinámica de ajustes constantes y la progresiva privatización de los bienes públicos, la decadente clase política contribuyó a desvincular la idea de democracia de la resolución de demandas sociales o como mecanismo emancipatorio, para ser entendida como un simple conjunto de reglas conducentes a garantizar el proceso electoral. Hasta antes del año 2007, se puede plantear una tensión permanente entre un proyecto conservador y oligárquico, y un proyecto liberal democrático con sus relecturas desde las izquierdas (Falconí: 2012). Quizá el dato que mejor contribuya a diagnosticar como “convulsa” la situación anterior al gobierno de la Revolución Ciudadana sea el hecho de que en menos de diez años pasaron por el Palacio de Carondelet siete presidentes. Así, con un sistema de partidos fragmentado, la crisis de gobernabilidad llevó a que entre los años 1997 y 2005, por ejemplo, fueran derrocados tres jefes de Estado por protestas callejeras suscitadas en medio de altos niveles de conflictividad social y una apremiante situación económica. Seguramente el año que mejor ilustra el desconcierto popular fue 1999: con la orden de congelar los depósitos de cientos de miles de usuarios del sistema financiero explotó el llamado “feriado bancario”, uno de los  periodos más grises de la historia reciente del país que degeneró en el éxodo de más de dos millones de ecuatorianos hacia destinos como España y Estados Unidos.

Tenemos entonces que la irrupción del “correísmo” es el resultado de diversas crisis: Crisis política, crisis social, crisis económica y una de carácter cultural que pervirtió los conceptos de democracia y de la propia política. Se trata, por tanto, de un fenómeno que surge como la alternativa a un statu quo calamitoso en un punto de ruptura definitiva con el sistema político tradicional. Tras desarrollar una lectura prolija del momento histórico, el proyecto político de Correa se inserta en la coyuntura proponiendo la transformación de la estructura vigente y apuesta por la reconstrucción de las relaciones sociales destruidas durante la “larga y triste noche neoliberal”. Para lo primero, la punta de lanza fue la Constitución de Montecristi, documento que establece los cimientos para un gran acuerdo nacional. Con su promulgación se ampliarán los derechos sociales y se dará inicio a un proceso de reinstitucionalización nunca antes visto. Para lo segundo -esto es, para la recomposición de la confianza ciudadana- el proyecto político le devolverá el protagonismo al Estado como legítimo administrador de la soberanía popular; siendo éste el principal responsable en la implementación de políticas orientadas a la justicia social.

Dicotomía: “Correísmo – anticorreísmo”

No es difícil concluir que en la dicotomía “correísmo-anticorreísmo” se vertebra la mayor parte del juego político en el Ecuador del presente. De hecho, la continuidad del correísmo fue el eje transversal de la confrontación partidista en los últimos comicios presidenciales donde resultó triunfador el -hasta entonces- heredero político de Rafael Correa, su exvicepresidente Lenín Moreno (sí, lo sé… ¡vaya ironía!). Aún después de dos años de dicho proceso electoral, la tesis planteada sigue vigente. Solo hace falta escuchar a los principales líderes políticos y de opinión que se ocupan- y preocupan- hoy como ayer (y quién sabe por cuánto tiempo más) en analizar los efectos de la llamada “descorreización” del país; etiqueta que alude a la cruzada emprendida por el gobierno de Moreno y sus aliados para desmontar la estructura legal e institucional sobre la que cabalgó la llamada Revolución Ciudadana. Pero el “anticorreísmo” no solo es la bandera que arropa a los adversarios políticos del expresidente Rafael Correa, simboliza también la oposición hacia un modelo de gestión basado en la redefinición de los intereses económicos -guiados por una fuerte vocación social antes que por parámetros de estabilidad (reducción de inflación y del déficit fiscal); con la presencia de un Estado robusto y siempre protagonista en temas de planificación, regulación e inversión en los llamados sectores estratégicos[9], y con una alta incidencia en la construcción del espacio público. Es, en definitiva, la oposición al modelo de justicia social y restitución de derechos logrado entre 2007 y 2017.

Pero voy más allá. Desde la teoría de “cleavages” desarrollada por Lipset y Rokkan, sostengo que el correísmo constituye un auténtico “clivaje” porque ha logrado introducir en la estructura social una posición política polarizante, capaz de dividir a la sociedad en dos bandos claramente definidos. Tal fractura no solo influirá en los comportamientos electorales, sino que representa una forma auténtica de interpretar la democracia y el rol del Estado. En la extrapolación de la teoría referida al contexto latinoamericano – donde el juego político discurre dentro de un sistema presidencialista- la adhesión de los votantes hacia un liderazgo personalista -y no hacia un partido político- se produce gracias a la capacidad del líder de interactuar con los factores macro-estructurales que fraccionan a la sociedad en grupos y sobre los que se plantea la incorporación de demandas históricamente excluidas. La división dicotómica que sintetiza el correísmo-anticorreísmo reside, de manera muy resumida, en el enfrentamiento entre el poder de la partidocracia VS el poder popular: una suerte de clivaje de clases derivado de la mala distribución de la riqueza nacional y de la hegemonía de un sistema representativo esencialmente elitista. El discurso político de Rafael Correa bebe de este descontento y plantea una inversión en la lógica del poder. Su meteórico ascenso como líder popular se asienta sobre la identificación con los segmentos más empobrecidos de la población, llegando a encarnar desde su posición de outsider la esperanza de un cambio.

Características del “correísmo” como régimen político en un cambio de época.

Aunque quizá sea prematuro hablar del correísmo como una categoría política, o más aún, como una ideología -algo así como el peronismo- es posible identificar algunas de las características que lo designan como un tipo de régimen no ortodoxo desde el punto de vista de la democracia liberal. De hecho, la cultura liberal arraigada en la tradición político-ideológica ecuatoriana desde la adopción de la doctrina del Consenso de Washington, fue desplazada por una nueva cultura política gestada tras los diez años de gobierno de Rafael Correa.

La primera característica del correísmo es su legitimidad democrática: un gobierno que llega al poder mediante elecciones irrebatibles. El liderazgo carismático -en el sentido weberiano de la palabra- sumado a la credibilidad técnica -derivada del vínculo con la Academia- son otras cualidades distintivas del fenómeno. La incidencia de este tipo de liderazgo será determinante en dos momentos: i) en la conformación del movimiento político (Alianza PAIS), caracterizado fundamentalmente por articular una relación vertical entre el que manda y los que obedecen, lo que dará pie al nacimiento de un partido orgánicamente débil y esencialmente dependiente de su cabeza, y ii) en el vínculo personal formado entre el líder y sus seguidores, mayoritariamente provenientes de la clase baja. Como sostiene Freidenberg, las organizaciones de creación carismática se nutren del vínculo construido entre el líder y sus seguidores (una suerte de vínculo afectivo con una figura paternal), a quien se le ofrecerá lealtad, mucho más que con la propia organización (Freidenberg: 2003). Por otro lado, el vínculo descrito será a su vez fuente permanente de legitimación de las decisiones tomadas desde la Función Ejecutiva, en cuyo seno se concentra el poder político y cuya preeminencia sobre el resto de las instituciones permitirá la aplicación de las disposiciones de este poder bajo el precepto de la ley.

El correísmo recurre con frecuencia a elecciones para llevar a cabo la reforma del Estado. Así, por ejemplo, el hito simbólico refundacional del Ecuador inicia con la aprobación de la nueva Constitución en 2008. Otra Consulta Popular inspirada en esa lógica reformista fue la celebrada en 2011, la cual dio luz verde para que se impulse la restructuración del poder judicial. La recurrencia a mecanismos de democracia directa desvela otra de las características del modelo de gobierno instaurado por el correísmo: la gobernanza plebiscitaria. El apoyo constante sobre las reservas de popularidad sitúa al tipo de régimen analizado en lo que Ernesto Laclau llamó “populismo democrático” (Laclau: 2015), una suerte de democracia hegemónica caracterizada por apelar directamente a las mayorías para conseguir la implementación de cambios radicales en los campos político y económico. El correísmo, como fenómeno populista, contribuyó a ampliar las bases democráticas de la sociedad, apareciendo en circunstancias de crisis social que los canales habituales no lograron resolver. El triunfo de Correa permitió que las masas vírgenes que nunca habían participado en el sistema político – excepto a través de formas de extorsión de carácter clientelista- logren incorporarse en el juego democrático. Diremos entonces que bajo esta lupa el correísmo encarna un liderazgo profundamente democrático porque de la construcción de ese vínculo las masas logran participar dentro del sistema político antes dominado por las élites.

El correísmo es también un proyecto soberano y modernizador. En el campo de lo económico se ajusta a un modelo tecnocrático keynesiano-neodesarrollista, que reivindica el rol del Estado (Paltán: 2016). En lo ideológico se define como un proyecto progresista, inspirado en la doctrina social de la Iglesia y en el humanismo católico; este último rasgo conecta con la matriz conservadora predominante en la estructura social ecuatoriana. No obstante, el motor principal para la movilización de sus electores será siempre el liderazgo. Un liderazgo que simboliza la “revancha popular”, que confronta con los poderes fácticos tradicionales y con cuya identificación se llegó a cultivar un alto sentido de autoestima nacional.

Capital político del “correísmo”

Esa vigorosa identidad ecuatoriana forjada con el correísmo se vio reflejada en los altos índices de aprobación que acompañaron al expresidente Rafael Correa durante su mandato, un apoyo que ha logrado mantenerse en el tiempo y que escapa de explicaciones ligadas al clientelismo político. Confirmación de esto son los procesos electorales organizados en el país en los últimos dos años. La primera cita que puso a prueba el capital consolidado del correísmo fue la celebración de la Consulta Popular del 4 de febrero de 2018, donde llegó a exhibir un voto duro que bordeó el 37% del respaldo ciudadano. Más allá de que los resultados electorales dieron el triunfo a la opción del “Sí” en las 7 preguntas impulsadas por el gobierno de Lenín Moreno, subyace en el análisis una conclusión por demás reveladora: el correísmo, aunque perdiendo, logró erigirse como la primera fuerza política del país, puesto que participó en las elecciones sin alianzas con ningún partido político. A contrario sensu, el triunfo del “Sí”, que obtuvo un promedio del 63% de los votos, debió dividirse entre los 19 representantes políticos (incluido el gobierno) que defendieron esa opción esgrimiendo como consigna principal “votar el fin del correísmo”. Mediante un ejercicio de matemática simple se concluye que en dichos comicios el apoyo individual que se granjeó cada agrupación que promovió el “Sí” no superó el 4%. Con respecto a los comicios seccionales celebrados el pasado 24 de marzo, a los que se sumó la elección de los 7 vocales del Consejo de Participación Ciudadana y Control Social (CPCCS), se vuelve a poner en entredicho la sentencia mediática de un “correísmo enterrado”, y es que muy a pesar de los pronósticos de algunas encuestadoras y de las propias matrices de opinión posicionadas por la prensa mainstream, los candidatos del correísmo lograron expanderse en la capital y en los gobiernos de provincias clave como Pichincha y Manabí (2 de las 3 provincias con más habitantes); además de obtener resultados nada despreciables en otras de las ciudades más pobladas como Quito, Machala o Durán; y en la propia provincia del Guayas -histórico bastión del Partido Social Cristiano- donde logró consolidarse como la segunda fuerza política. Todos estos hitos se producen sin la presencia del líder histórico en territorio y bajo el paraguas de una organización política prestada. Con todo lo expuesto y sin perjuicio de los resultados electorales cuyo análisis no es prioridad en este texto, la pregunta es: ¿hay argumentos para “celebrar” la supuesta “muerte del correísmo”? Vamos, inténtalo de nuevo: ¡No pienses en un elefante!


Fuente - Autor: Nodal - Abraham Verduga Sánchez
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