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Jonker y Mandela

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1 Escribo este en la víspera del nacimiento de Nelson Mandela y de la muerte de la poeta suráfricana Ingrid Jonker, el primer acontecimiento fechado en 1918 y el segundo en 1965. Se reúnen pues acá dos espíritus que hicieron de su vida una obra altivamente humana y que se cuenta por encima de sus propios sacrificios. Una obra que alimentó a la otra como veremos más adelante.

De Mandela conocemos hoy la historia: su lucha, sus ideas, su martirio, su inquebrantable moral y su victoria; elementos que lo elevaron por encima de la coyuntura. No por ser un héroe predestinado, todo lo contrario, fue gracias a su fidelidad que el mundo le reconoció como sujeto de un pensamiento que no se agotaría en la lucha contra el inefable apartheid, sino que trascendía como apetito universal por la justicia y la igualdad. Y esto es lo sustantivo de toda política: que se despliega como una verdad para todos contra cualquier finitud. Aún más: es la política quien piensa y defiende el carácter infinito de lo humano en relación a lo posible. La suerte de Mandela y de Suráfrica habría sido otra si la reacción se hubiera impuesto a la fuerza de su verdad. La igualdad étnica que hoy nos parece tan elemental como correcta, cinco décadas atrás residía entre las cosas inexistentes, inimaginables e imposibles. Hay que decir también que el resto de los pueblos oprimidos deben a Mandela un futuro emancipado. Y es que esas tres palabras que se aplican como forma de coacción social tienen como propósito producir ausencias. Mandela venció la finitud, a su propia muerte y con ello a la anulación de su gente ampliando así, de forma definitiva, la existencia humana. No sorprende que, prisionero del régimen racista y de sus primeros fracasos, haya alimentado su gana libertaria con los versos de Ingrid Jonker.

2 Jonker no solo era una mujer blanca, además era hija de un alto funcionario del Gobierno que ejercía como censor editorial. Su rebelión familiar fue más que una ruptura doméstica: abrazó desde adolescente la poesía como un combate íntimo emprendido contra todo sesgo y por fidelidad a los propósitos de la misma poesía entró en la deliberación política, estremeció la indolencia y continuó su curso hacia la belleza. Así hizo su fisura al régimen segregacionista, enemigo también de los imposibles del arte. Violando los límites de la literatura castiza y del orden espurio de la raza; Ingrid Jonker inauguró su naufragio. Pagó en orfandad y en pobreza lo que dio con desmesura: amor por las cosas caídas. Ella misma culminó su vida echándose al mar: una amarga metáfora de su alma.

3 Se conoce poco la obra de esta poeta, de hecho la traducción al español que hizo la Universidad de Antioquia (2015) de su poemario Humo y Ocre resulta un descubrimiento para muchos. Creo que el triunfo de Mandela fue el de Jonker y habría que recordarlos a ambos siempre juntos recitando: “El niño no ha muerto/ el niño levanta el puño contra su madre/ que grita ¡África! grita el olor a libertad y a brezo en los emplazamientos del corazón acordonado / El niño levanta el puño contra su padre, en la marcha de las generaciones que gritan ¡África! gritan el olor a justicia y a sangre en las calles de su orgullo armado”. ¿Qué habría sido del líder cautivo sin ese poema?, ¿qué había sido de Ingrid Jonker si no conoce la rebelión de todos los Mandela?


Freddy Ñáñez / Ciudad Caracas
Observatorio de Medios del Centro de Saberes Africanos, Americanos y Caribeños

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