¿La Comuna de Santiago?

 Niña frente a un caribeneroNiña frente a un caribenero

Las lecciones de la historia. Los acontecimientos que ocurren actualmente en Chile nos recuerdan –guardando las distancias- aquellos hechos trascendentales ocurridos en Paris en marzo de 1871 cuando el pueblo unido e insurrecto derrocó al gobierno títere de Thiers e instauró lo que Marx llamó la primera victoria del proletariado.

Son sucesos distintos, pero con elementos similares que hacen recordar aquella circunstancia histórica*. En primer lugar, como en aquel París del siglo XIX, ahora en Santiago de Chile el pueblo unido, sin colores partidistas pero movilizado por una causa justa, ha colocado en jaque a un gobierno que no responde a las expectativas de justicia social que demanda el ciudadano común.

El alza del pasaje del metro fue la chispa que encendió la ira acumulada durante 30 años, ante la inconsecuencia de todos los gobiernos pos dictadura que sucesivamente venían engañando las esperanzas de los chilenos por una vida mejor. Este hecho ha sido reconocido inclusive por el gobernante de turno en medio de un discurso demagógico.

Aquella mentira negociada entre los partidos tradicionales de izquierda y de derecha durante el tránsito de la dictadura a la democracia ha quedado al descubierto. El gobierno de Piñera, como un Pinochet cualquiera, militariza Santiago y las otras ciudades importantes de Chile; reprime con una inusitada brutalidad a los manifestantes; allana en la madrugada las residencias y se lleva presos a sus habitantes; tortura, asesina y para colmo ha vuelto a poner en vigencia la nefasta figura del desaparecido.

Todos estos actos cometidos por el infausto que hoy gobierna desde La Moneda, han contado con el silencio cómplice de los organismos internacionales supuestamente defensores de los derechos humanos y de las organizaciones presuntamente guardianes de la democracia, tipo OEA, a lo que se le suma la conjura mediática que trata de desvirtuar el carácter de la protesta aludiendo a supuestos hechos de vandalismo. 

Pero volvamos a la similitud del Chile hoy con la Comuna parisina del pasado. En aquella ocasión las mujeres fueron vanguardia en la lucha contra los militares. Baste recordar a la célebre Louise Michel quien arreando la bandera negra comandaba al pueblo e hizo que los soldados desobedecieran las órdenes del general que llamaba a disparar contra ella.

En Chile es memorable la imagen de las jovencitas estudiantes saltando por encima de los torniquetes del metro en desobediencia popular contra la medida injusta, o la voz femenina que desde un edificio entonó la letra de Amanda, esa canción hermosa de Víctor Jara, y recibió como respuesta los aplausos y gritos de aprobación de sus conciudadanos. O la hermosa imagen de una chiquilla de mirada retadora a un carabinero represor. Ese es el Chile nuevo que ha salido a reclamar sus derechos.

No podía ser de otra manera: como un volcán en estado de latencia, algún día tenía que hacer erupción al ver un país cuyos gobernantes lo calificaban de oasis, pero que se rige por una constitución hecha a medida del dictador más repulsivo en la historia de América Latina; un país que tiene el precio más alto del servicio de electricidad; un país cuya educación y la salud son considerados mercancías por las que hay que pagar un alto precio; un país en el que hasta el agua está privatizada y donde el chileno medio vive empeñado de por vida mediante las tarjetas de crédito que abundan bajo distintas denominaciones; donde el tránsito por las autopistas debe pagarse al concesionario privado que las administra. En fin un país donde el fundamentalismo neoliberal hizo el gran negocio a expensas de un pueblo trabajador y digno como el chileno.

Ese espejismo que se vendió al resto del mundo de un Chile moderno comienza a desdibujarse, puede ser que no logren todas las demandas que hoy impulsa el pueblo, pero sin duda alguna esa experiencia quedará marcada para siempre en la historia de la humanidad como ha quedado la Comuna de Paris.

 *Algunas medidas adoptadas por la Comuna de París:

Reemplazo del Ejército y la Policía por una Guardia Nacional conformada por la gente del trabajo, artesanos, jornaleros, estudiantes.

Separación de la Iglesia del Estado, eliminando de esa manera la nefasta influencia de los obispos y sacerdotes de la época en el desarrollo de las  políticas públicas. La enseñanza religiosa en los colegios fue prohibida.

Elección popular de los cargos públicos con el principio de la revocatoria del mandato por parte del pueblo.

Sueldos iguales al de los obreros, eliminando ese rasgo de privilegio en el servidor del Estado.

Pensiones para las viudas e hijos de la Guardia Nacional.

Creación de guarderías para los hijos de las trabajadoras

Prohibición del trabajo nocturno;

Entrega a los trabajadores de las fábricas abandonadas por sus dueños 

Educación laica, gratuita y obligatoria

Quema pública de la guillotina.

Libertad de prensa, de reunión y de asociación.


Autor: Marcel Roo
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