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África ante una tragedia alada y voraz

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Una nueva tragedia se cierne sobre varios países de África, ese continente tan rico en recursos y en material humano, pero tan pobre que su potencial aún aguarda para florecer, esperanza postergada por siglos, y obstaculizada por las secuelas de la colonización.

Esta vez se trata de una plaga de langostas, no el crustáceo que deleita a los fanáticos de la buena cocina, sino de unos inclementes insectos devoradores de cosechas que, para colmo de desgracias, se reproducen con un frenesí habitual solo en los nuevos amantes.

El fenómeno biológico, por llamarlo de alguna forma, en modo alguno es exclusivo de África: es raro el año que, provocado por las lluvias en zonas desérticas de Arabia Saudita, esos insectos no se lanzan sobre otros países, en particular las zonas agrícolas de Egipto, en una carrera contra el tiempo, el desierto y los hombres para lograr la supervivencia y, con ello, provocar crisis.

Esta vez el enjambre primigenio de esos saltamontes partió del este de Uganda y como siempre ocurre en estos casos, avanza sobre otros países del oriente africano, a saber Kenia, Somalia, Etiopía, amenaza a Tanzania y Sudán del Sur y es causa de preocupación en el reino de Arabia Saudita y Yemen.

En esa relación es de notar la asimetría de los países afectados en sus posibilidades de enfrentar la plaga ya que, por ejemplo, el reino saudita, Kenia y Uganda poseen los recursos y la organización para hacer frente a la amenaza, al igual que Etiopía.

Pero ese no es el caso de Sudán del Sur, el país más joven del planeta, emergido a la independencia en 2011 tras separarse del resto de Sudán, sumido desde entonces en una multifacética guerra civil y lastrado por la inexistencia de infraestructuras, donde la probable llegada de la invasión resultará catastrófica, porque puede agotar los paupérrimos recursos con que cuentan las poblaciones para la supervivencia.

La magnitud de la crisis es tal que la Organización de la ONU para la Agricultura y la Alimentación (FAO) alertó sobre la posibilidad de que los efectos de la voracidad de los pantagruélicos insectos cause una hambruna en varios países africanos, en particular en Sudán del Sur, abocado ya a esa catástrofe humana.

El ente de la ONU solicitó la creación de emergencia de un fondo de 76 millones de dólares destinados a llegar los recursos humanos y técnicos imprescindibles para enfrentar la invasión de los cuales solo cuentan hasta el momento con el 28 por ciento.

La pobre respuesta a la exhortación de la FAO evidencia el desinterés de las expotencias coloniales europeas a asumir su responsabilidad histórica con los antiguos dominios africanos, en algunos de las cuales siguen presentes en la forma de empresas extractivas de minerales estratégicos como el petróleo y el uranio, además de otros mecanismos de sujeción en esferas básicas de la economía con la consiguiente influencia en la política.

Esos lastres de la colonización se remiten a la eclosión misma de la ola de proclamaciones de independencia de los países africanos en la década de los años 60 del pasado siglo, uno de cuyos orígenes radica en la arbitraria delimitación de fronteras acordes con los intereses de las metrópolis sin tener en cuenta las realidades étnicas y confesionales de los territorios, tragedias cuyos efectos no tardaron en percibirse.

El ejemplo más reciente, aunque no el único, está en curso: la colisión armada entre la minoría angloparlante con la mayoría francófona de Camerún, poseedora la segunda de los instrumentos del poder, la cual ha causado cientos de muertos y heridos y el desplazamiento interno de decenas de miles de personas, además de la desestabilización del país.

En términos religiosos están los choques en Nigeria, el mayor productor de petróleo de África, entre pastores de la etnia fulani, de confesión musulmana, y granjeros cristianos en el estado suroccidental de Benue, con un componente económico, pues los segundos se quejan del éxodo hacia el sur de los primeros de sus zonas tradicionales de pastoreo en el norte a causa de una intensa sequía.

Sin pecar de simplistas, es posible reducir estos choques multifactoriales a consecuencias de la dominación colonial en el continente, devastadora pues además dejó tras de sí como herencia maldita, males que tomará décadas en subvertir, entre los más graves el subdesarrollo y, peor aún, una corrupción administrativa generalizada.

Frente a esos males, la invasión de las langostas devoradoras de cultivos, con todo y sus dramáticas consecuencias, es casi un tema para anécdotas de sobremesa.


Fuente: wanafrica

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