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Música, Arte y Cultura

Angoleños bailando Kizomba en la Bahía de LuandaAngoleños bailando Kizomba en la Bahía de Luanda

 El fenómeno kizomba empieza a ser mundialmente conocido y vende, por lo que muchos organizadores de eventos de baile escriben la palabra kizomba con letras grandes y luminosas en sus carteles para atraer a una mayor cantidad de público. Sin embargo, la mayor parte de la música que se baila en las fiestas europeas es ghetto zouk, un estilo moderno que da entrada a muchos instrumentos electrónicos, fusionado a veces con R&B.

En ocasiones, cuando la música que suena es realmente kizomba, semba o incluso cola zouk, la mayor parte del público lo denomina erróneamente “kizomba tradicional”. La línea que separa todos estos géneros musicales es, en ocasiones, realmente difusa, y da lugar a encendidas discusiones y razonables dudas al respecto.

La mayoría de los medios de comunicación internacionales informan sobre la evolución de las tensiones cada vez mayores entre Estados Unidos e Irán. El asesinato de Estados Unidos la semana pasada del general Qassem Soleimani, comandante de la fuerza iraní de Quds, ha llevado a amenazas y contra amenazas por ambas partes. Irán amenaza con venganza mientras Estados Unidos los reta a hacerlo.

Mirando atentamente la escena global desde unos años, se ve emerger potentemente a dos fenómenos de una transversalidad nunca vista, tanto social como étnica y cultural, multitudinaria, que tomaron por asalto una agenda mental, subcutánea, ya domesticada por gobiernos, corporaciones y medios, y pusieron en cuestión lo establecido no hace diez o veinte o cien años, sino muchísimo antes.

Los feminismos y el activismo medioambiental se unen ahí, en ese punto ciego de la protesta visceral, con la furia de la cuenta pendiente, con el atragantamiento de lágrimas transgeneracionales, con una decisión no instada por líderes políticos sino sociales y por colectivos que interpelan a la política tradicional. En distintos idiomas dicen lo mismo: basta de colonización.

Foto por Daniel SilvoFoto por Daniel Silvo

Artistas africanos participan en una residencia creativa en Madrid. Son artistas, son jóvenes y son africanos. Pero Ntuli Phumulani, de Sudáfrica, Keli-Safia Maksud, de Tanzania, Yola Balanga, de Angola, e Hilaire Kuyangiko Balu, de República Democrática de Congo tienen otra cosa en común: los cuatro han pasado dos meses de 2019 en Madrid desarrollando y dando a conocer su obra artística.

¿De qué hablamos cuando hablamos de «arte africano»? Seguro que en bastantes ocasiones de arte tradicional africano; lo que sería congruente en estos tiempos en los que el mundo cultural debate sobre la conveniencia de desabastecer museos de herencia colonial y devolver las obras a sus legítimos dueños. Otras veces, con la mirada más corta y estereotipada, hablaríamos de esos objetos que simbolizan lo exótico, lo incontaminado, lo ancestral… Lo africano como decoración. Un souvenir. Una ficción, como poco, ignorante.

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