
África cuenta y canta[1]: una lectura decolonial desde la geopolítica del conocimiento.
Por MSc. Yasmín Corrales González[2].
Introducción. Contar África desde sus propios lugares de enunciación
En África cuenta y canta partimos de una convicción: África no necesita que otros hablen siempre en su nombre para explicar su historia, interpretar sus luchas o reconocer sus aportaciones a la humanidad. Necesita espacios en los que sus protagonistas puedan ser escuchados desde sus propios lugares de enunciación, con sus memorias, sus experiencias y sus formas de producir conocimiento. Contar África significa, para nosotros, disputar también quién tiene la autoridad de narrarla; cantar África significa reconocer la fuerza de unas voces que han resistido los silenciamientos de la historia colonial y que continúan creando pensamiento, cultura y posibilidades de transformación.
Desde esta perspectiva, aproximarse a Navanethem “Navi” Pillay exige ir más allá del hecho noticioso y del reconocimiento que representa el otorgamiento del Premio Nobel de la Paz 2026[3]. La cuestión no es únicamente qué distinción recibe una jurista sudafricana, sino qué historia hace posible su trayectoria, qué estructuras ha contribuido a cuestionar y qué conocimiento emerge de una práctica jurídica construida desde una sociedad marcada por el apartheid, la desigualdad racial y las relaciones patriarcales de poder. Interesa, sobre todo, comprender qué ocurre cuando una mujer cuya experiencia histórica se sitúa en los márgenes de los órdenes dominantes participa en la interpretación y transformación de instituciones que pretenden formular principios universales de justicia. Pillay presidió la Comisión Internacional Independiente de Investigación de la ONU sobre el Territorio Palestino Ocupado, cuyo informe de 2025 concluyó que Israel había cometido genocidio en Gaza.
Esta lectura se sitúa en la geopolítica del conocimiento y parte de una apuesta epistémica explícita: leer a Navi Pillay desde categorías producidas en África. No se trata de aplicar mecánicamente marcos teóricos eurocéntricos a una trayectoria sudafricana, sino de reconocer la capacidad del continente para producir conocimientos desde sus propias experiencias históricas e interpelar las estructuras globales de poder. En este sentido, la propuesta de libertad epistémica desarrollada por Ndlovu-Gatsheni (2018)[4] ofrece un marco pertinente para cuestionar la subordinación del pensamiento africano a los paradigmas dominantes y reconocer su capacidad para interpretar el mundo desde sus propios lugares de enunciación. Desde esta perspectiva, analizar la trayectoria de Navi Pillay permite explorar cómo una experiencia jurídica situada en el contexto sudafricano puede contribuir a cuestionar las jerarquías del conocimiento jurídico internacional.
Es desde ese horizonte que propongo leer la trayectoria de Navi Pillay en diálogo con los feminismos africanos y sudafricanos. No para convertirla retrospectivamente en representante de una única corriente feminista ni para atribuirle una identidad política que no haya expresado, sino para explorar cómo su praxis jurídica permite pensar la relación entre género, racialización, poder y producción de conocimiento. Su historia ofrece una oportunidad para examinar cómo las mujeres que han experimentado las barreras de los sistemas de dominación pueden intervenir en la transformación de sus instituciones y de las categorías mediante las cuales estas definen la justicia. Su trayectoria pública permite examinar cómo las convicciones profesionales y la actuación institucional contribuyen a construir una figura de referencia en el ámbito de la justicia internacional.
La pregunta que orienta este artículo es, por tanto, más amplia que la noticia: ¿qué nos enseña la trayectoria de una mujer sudafricana sobre la capacidad de los conocimientos producidos desde historias de opresión para transformar las concepciones globales de justicia? La respuesta no se encuentra únicamente en los cargos que ocupó ni en los reconocimientos que recibió, sino en la praxis mediante la cual la defensa jurídica, la experiencia histórica y la intervención institucional pueden convertirse en instrumentos de transformación. Desde África cuenta y canta, esta reflexión busca contribuir a una conversación en la que África no aparezca solamente como territorio de injusticias que deben repararse, sino también como lugar de pensamiento, acción y producción de alternativas para la humanidad.
Una trayectoria que nace de la comunidad y confronta la exclusión
La historia de Navi Pillay comienza en Clairwood, un barrio de Durban, en KwaZulu-Natal, donde nació en 1941. En una entrevista citada por IOL, recordó que llegó a la universidad gracias a que su comunidad reconoció su potencial y contribuyó a hacer posibles sus estudios.
«Llegué a la universidad porque mi comunidad, una comunidad pobre de Clairwood, escuchó del director de la escuela: 'Tenemos una chica con potencial y debería ir a la universidad'»[5]
Esta dimensión colectiva resulta importante para interpretar su trayectoria: no es simplemente la historia de una heroína individual que supera obstáculos por sus propios méritos, sino la de una mujer cuya formación estuvo vinculada a una comunidad que vio en la educación una posibilidad de transformación.
En 1967 se convirtió en la primera mujer en abrir su propio bufete de abogados en su provincia, en un contexto en el que las oportunidades para las mujeres negras o de origen indio estaban severamente restringidas. Desde su práctica profesional defendió a activistas contra el apartheid, representó a su esposo durante su detención y luchó por el derecho de los presos políticos a recibir asistencia legal. La justicia aparece aquí no como una abstracción universal separada de la vida cotidiana, sino como una práctica situada, ejercida en medio de un orden que distribuía de manera desigual los derechos, la seguridad y las posibilidades de participación.
Esta etapa permite establecer un vínculo con los feminismos sudafricanos: las desigualdades de género no pueden analizarse al margen de las estructuras raciales, políticas y económicas que organizaron la sociedad bajo el apartheid. La experiencia de Pillay invita a examinar cómo la exclusión opera mediante sistemas de poder que se refuerzan mutuamente y cómo la práctica jurídica puede abrir espacios de resistencia frente a ellos. Su trayectoria no demuestra por sí sola una teoría feminista completa, pero ofrece un caso relevante para estudiar las relaciones entre género, racialización y praxis de justicia en contextos particulares.
De la experiencia situada a la transformación del derecho internacional
La proyección internacional de Pillay no supuso necesariamente el abandono de esa experiencia histórica, sino la posibilidad de intervenir desde ella en instituciones de alcance global. Durante su trabajo en el Tribunal Penal Internacional para Ruanda participó en el desarrollo de jurisprudencia pionera sobre la violencia sexual y su reconocimiento en el contexto del genocidio. En una declaración recogida por South African History Online, se refirió a la transformación del tratamiento jurídico de la violación, históricamente considerada en numerosos contextos como botín de guerra.
«Desde tiempos inmemoriales, la violación ha sido considerada botín de guerra. Ahora será considerada un crimen de guerra. Queremos enviar un mensaje contundente: la violación ya no es un trofeo de guerra».[6]
La relevancia de esta intervención reside en que la violencia sexual deja de quedar relegada a una consecuencia secundaria del conflicto y pasa a exigir una respuesta jurídica específica. Las experiencias de las mujeres afectadas interpelan así las categorías del derecho internacional y muestran los límites de los marcos que no reconocen adecuadamente determinadas formas de violencia. La praxis jurídica se convierte en un espacio en el que las experiencias históricamente silenciadas pueden contribuir a modificar las formas institucionales de nombrar, juzgar y sancionar los crímenes.
Desde la geopolítica del conocimiento, este proceso plantea una pregunta decisiva: ¿quién puede intervenir en la definición de aquello que el derecho internacional considera universalmente injusto? La trayectoria de Pillay permite examinar cómo una jurista formada en una sociedad marcada por la dominación racial participa en la producción de saber jurídico global. Su contribución puede interpretarse, en este sentido, como una forma de intervención contrahegemónica: no porque se encuentre fuera de las instituciones internacionales, sino porque participa en la disputa por sus categorías, sus responsabilidades y sus límites.
Esta lectura requiere evitar una simplificación: la identidad de una persona no determina automáticamente el contenido de sus ideas, y el lugar de enunciación no constituye por sí solo una garantía de emancipación. Su importancia reside en permitirnos comprender que el conocimiento se produce desde historias y posiciones concretas, y que reconocer esa condición situada puede enriquecer la crítica de las pretensiones de neutralidad de las instituciones.
El feminismo sudafricano como praxis contrahegemónica
Para entender la praxis de Pillay como una expresión del feminismo afrikano, resulta iluminadora la perspectiva de la académica y activista sudafricana Liepollo Pheko, quien se autodenomina «feminista afrikana decolonial» y cuyo trabajo se sitúa en la intersección de la economía feminista, la descolonialidad y las teorías económicas descoloniales. Pheko sostiene que el feminismo afrikano[7]:
«está inextricablemente vinculado a las luchas anticoloniales y antiimperiales y Palestina no es una excepción. Los países africanos llevan décadas reconociendo el Estado de Palestina y apoyando activamente la libertad palestina. El feminismo panafricano siempre se ha basado en la solidaridad con los pueblos colonizados del mundo, no con sus opresores» (Pheko, 2025).[8]
Esta formulación permite leer la trayectoria de Pillay no como una sucesión de logros individuales, sino como una intervención en un campo de fuerzas donde el género, la racialización y la herencia colonial operan simultáneamente. Esta perspectiva permite explorar los vínculos que determinadas corrientes del feminismo afrikano establecen entre las luchas anticoloniales, la solidaridad internacional y la defensa de los derechos del pueblo palestino. La trayectoria de Pillay ofrece un punto de entrada para examinar esas relaciones, sin presuponer que su trayectoria represente la pluralidad de los feminismos africanos.
La trayectoria de Pillay permite pensar los feminismos africanos y sudafricanos como campos plurales de pensamiento y acción, arraigados en historias específicas de colonialismo, racialización, patriarcado y resistencia. No se trata de afirmar que exista un único feminismo africano, ni de presentar estas tradiciones como realidades aisladas de los intercambios intelectuales internacionales. Se trata de reconocer que las experiencias históricas del continente madre África pueden producir herramientas conceptuales y prácticas políticas que cuestionen las jerarquías mediante las cuales se ha distribuido la autoridad para definir el conocimiento legítimo.
En esta interpretación, el carácter contrahegemónico de la praxis de Pillay no consiste únicamente en haber alcanzado posiciones de autoridad dentro de instituciones internacionales. Reside también en la posibilidad de transformar las respuestas jurídicas ante la violencia y de situar en el centro de la discusión experiencias que durante mucho tiempo fueron insuficientemente reconocidas. Su concepción de la práctica jurídica pone el acento en el rigor profesional y la imparcialidad. En una declaración recogida por TimesLIVE, afirmó: “¿Por qué se necesitaría valor para decir la verdad? Uno interpreta la ley, analiza todos los hechos, así que se trata de una toma de decisiones imparcial” (TimesLIVE, 2026).[9] Lejos de cualquier heroísmo, su postura refleja una ética profesional que entiende la justicia como ejercicio riguroso e imparcial del derecho.
La inclusión institucional es importante, pero no agota la cuestión. También es necesario preguntarse si la presencia de mujeres transforma las categorías, las prácticas y las relaciones de poder que organizan las instituciones.
La geopolítica del conocimiento amplía esta reflexión. Si determinados centros de poder han sido históricamente reconocidos como productores de teorías universales, las trayectorias de mujeres africanas como Pillay permiten interrogar esa distribución desigual de autoridad. Su trabajo muestra la relevancia de estudiar a las protagonistas africanas no solo como sujetos de biografías admirables, sino como participantes en procesos de elaboración y transformación del conocimiento jurídico. Desde esta perspectiva, África no es únicamente el escenario de las injusticias que el derecho internacional debe abordar: también es un lugar desde el que se pueden producir preguntas y prácticas que transformen ese derecho.
La trayectoria de Navi Pillay permite explorar cómo determinadas experiencias históricas y jurídicas del Sur Global pueden intervenir en la configuración de la justicia internacional. Leída en diálogo con los feminismos africanos y sudafricanos, su praxis ofrece elementos para cuestionar las jerarquías raciales y de género que han condicionado tanto el acceso a las instituciones como la producción del conocimiento jurídico. No se trata de presentar a Pillay como representante de un feminismo africano homogéneo, sino de reconocer que su experiencia constituye un punto de partida para examinar la capacidad de las mujeres africanas de participar en la interpretación y transformación de las normas e instituciones internacionales.
Las reacciones sudafricanas y la construcción de un significado público
Las reacciones públicas ante la trayectoria de Pillay constituyen otro espacio para explorar estas cuestiones. El Parlamento sudafricano, en su comunicado del 9 de octubre de 2026, destacó que su logro «afirma el lugar de las mujeres en el liderazgo y la necesidad de eliminar las barreras que aún enfrentan».[10] La presidenta de la Asamblea Nacional, Thoko Didiza, y la presidenta del Consejo Nacional de Provincias, Refilwe Mtshweni-Tsipane, subrayaron que el premio reafirma «su compromiso con la justicia y la rendición de cuentas por violaciones graves de derechos humanos» y que su figura se suma a la de otros laureados sudafricanos como Luthuli, Tutu, Mandela y De Klerk.
Este reconocimiento tiene una dimensión de género que merece atención específica. Pillay es la primera mujer sudafricana en recibir el Premio Nobel de la Paz, aunque no es la primera africana: antes que ella lo obtuvieron Wangari Maathai (Kenia, 2004), Ellen Johnson Sirleaf y Leymah Gbowee (Liberia, 2011). Ese dato no es anecdótico. Sugiere que las mujeres africanas no son solo destinatarias de políticas de igualdad, sino productoras de justicia global desde lugares de enunciación propios. El Parlamento sudafricano lo expresó con claridad: «afirma el lugar de las mujeres en el liderazgo y la necesidad de eliminar las barreras que aún enfrentan». La formulación sintetiza el doble movimiento del feminismo africano: reconocer el liderazgo femenino conquistado y, al mismo tiempo, nombrar las estructuras que aún lo dificultan.
El Consejo de Prensa de Sudáfrica la describió como «una conciencia para el mundo»[11] y vinculó su reconocimiento a la responsabilidad ética del periodismo frente al discurso de odio. El Foro Nacional de Editores (SANEF) recordó su intervención en los premios Nat Nakasa de 2022, donde defendió «la importancia de una prensa libre e independiente, la seguridad de los periodistas y la protección de las fuentes y los denunciantes».[12] Estas intervenciones muestran que el reconocimiento a Pillay no se limita a su labor jurídica, sino que se proyecta sobre el conjunto de la vida pública sudafricana.
El propio Comité Nobel Noruego, al justificar el galardón, señaló que Pillay «ha exigido responsabilidades a los Estados y a los líderes nacionales, y ha brindado esperanza a las víctimas de la violencia y el conflicto».[13] Y añadió una idea que dialoga directamente con tu hipótesis: «Existe un hilo conductor que une su labor inicial en defensa de Mandela y otros que se opusieron al apartheid, con su servicio como jueza en algunos de los casos judiciales internacionales más importantes de nuestro tiempo». Ese hilo conductor es, precisamente, el que permite leer su trayectoria como una expresión de los feminismos africanos como propuesta contrahegemónica.
Adicionalmente, se destacan las declaraciones atribuidas a figuras del ámbito jurídico y académico, entre ellas Mandisa Maya, Normah Zondo y Alison Tilley, destacan aspectos de su contribución profesional y el significado de su reconocimiento para Sudáfrica.
Otra de las reacciones recogidas es la de Donald Trump ante la concesión del Premio Nobel de la Paz de 2026 a Navi Pillay trasciende la controversia en torno a un reconocimiento individual y permite identificar una dimensión geopolítica vinculada a la disputa por la autoridad del derecho internacional. Como recoge Euronews (Rennolds, 2026)[14], Trump cuestionó el galardón y descalificó públicamente a la jurista sudafricana, en un contexto más amplio de tensiones entre el poder de los Estados y las instituciones multilaterales encargadas de promover la justicia y la rendición de cuentas.
Esta controversia pone de relieve una asimetría fundamental del orden internacional: mientras se proclama la universalidad de las normas jurídicas, su aplicación y legitimidad continúan siendo objeto de disputas políticas, especialmente cuando pueden afectar los intereses de actores poderosos.
Desde la geopolítica del conocimiento, el episodio invita a examinar quién dispone de autoridad para definir qué significa la justicia universal, qué instituciones pueden legitimarla y qué voces son reconocidas como interlocutoras válidas en esa definición. Leída desde África cuenta y canta, la trayectoria de Pillay adquiere así un significado que va más allá de su biografía: representa una oportunidad para analizar cómo una jurista sudafricana interviene en espacios globales de producción de normas y conocimiento jurídico, y cómo esa participación se inserta en relaciones de poder históricamente desiguales entre el Norte y el Sur Global. No se trata de atribuir automáticamente motivaciones geopolíticas a las declaraciones de Trump, sino de situarlas en una disputa más amplia sobre la soberanía, la rendición de cuentas y la capacidad de las instituciones internacionales para exigir que el poder también esté sujeto al derecho.
Un cierre del por ahora de historias de mujeres africanas del Sur Global.
La concesión del Premio Nobel de la Paz a Navi Pillay no es solo un reconocimiento individual. Es la validación de una forma de entender la justicia que nace en los márgenes del Sur Global y que, desde allí, interpela a las instituciones internacionales. Su trayectoria muestra que los feminismos africanos no son una copia de otras tradiciones, sino una propuesta original que articula género, racialización y producción de conocimiento. Como ella misma dijo, «¿por qué se necesitaría valor para decir la verdad?». La respuesta, quizás, es que decirlo desde África, desde una mujer racializada, desde una historia de exclusión, sigue siendo un acto contrahegemónico. Y ese acto, hoy, tiene nombre: Navi Pillay.
Desde África cuenta y canta, la trayectoria de Navi Pillay permite plantear una cuestión que trasciende su biografía: quién tiene autoridad para producir los conocimientos y definir los principios que orientan la justicia internacional. Leída en diálogo con los feminismos africanos y sudafricanos y con la perspectiva de la libertad epistémica, su experiencia invita a reconocer que África no es únicamente objeto de interpretación, sino también un espacio de pensamiento, elaboración jurídica y acción política. Esta lectura no pretende convertir a Pillay en representante de una tradición feminista única, sino mostrar cómo una trayectoria situada puede contribuir a interrogar las jerarquías del conocimiento y las instituciones que aspiran a formular principios universales de justicia. Contar África también significa reconocer su capacidad para participar en la definición de esos principios.
MSc. Yasmín Corrales González
Diplomática de carrera, investigadora.
Cursante de la Maestría en Saberes y Estudios Africanos, Instituto Estratégico de África y la Diáspora (Caracas).
Publicado por AiSUR
Premio Nacional de Periodismo Necesario Anibal Nazoa 2020.


